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lunes, 25 de julio de 2016

Enchúlame el piano

"Como estoy tonta" pienso mientras estaciono el carro, aunque oraciones similares rebotaron todo el camino. "Llevas copias de todo, menos de la pinche IFE".

Me bajo refunfuñando, y mientras lucho con las llaves en la reja de la casa se acerca el señor Stevens; un señor que pasea por el fraccionamiento y se detiene afuera de mi puerta a escucharme tocar de vez en cuando.
Comienza hablando de su pequeña. Él no lo sabe, pero yo vi esa niña crecer desde el vientre de su madre a cada cita para arreglarme los dientes. Platica que es muy musical, que sabe hacer muchas cosas y es muy talentosa: la misma cantata de cualquier padre primerizo que cree que a su criatura le sobran los dones.

-Me gustaría seguir tocando el piano ¿viera? Pero no tengo uno aquí en Querétaro. Allá en México sí. Yo tenía una maestra que había estado en una academia que entrenaba para hacer maestros de piano. No pianistas: maestros de piano. Y me dejó unos libros suyos de esa academia, como con la esperanza de que yo le siguiera, pero pos ya ve. Y luego el piano que yo tenía me costó dos bicis, oiga. Veía a un señor, un indigente que tenía sus cosas, sus bicis, refacciones y, pues... pura chatarra. Y tenía un piano. Destartalado, con unas tablas puestas encima, la madera cayéndose. Y me le acerco y le digo: "¿me deja ver su piano?", y me deja, pero veo y no tiene arpa de metal, es de madera, y le digo "¿me lo vende?" y dice que no, que ya muchos le han dicho que el arpa no sirve, que no vale la pena y que no, no le conviene, porque, vea esto, oiga, ¡el piano era la puerta del lugar en donde vivía! Y así, cada que pasaba yo le decía que cómo estaba mi pianito, que si lo estaba cuidando, que si un día me iba a dejar llevármelo, y nada que se dejaba el señor, hasta que un día me dice, "a ver, venga", y le digo "¿qué? ¿ya me lo va a vender?" y dice, "no, vender no", y oiga, "tráigame dos bicicletas y se lo lleva", ¡y voy corriendo a la casa y agarro una de las bicis que usaba, ya bastante gastada, y otra más buena y se las llevo! me presta con qué y me lo llevo. Y pos no sabía ni por dónde empezar. Y que me agarro de pieza por pieza... Porque, viera, no está pegado con clavos o tornillos, está ensamblado por piezas. Lo desarmo todo y veo en el fondo una plaquita en inglés con una medallita que dice "Exhibido en la Primera Exposición de Pianos de Inglaterra", y que me meto al internet, ¿sabe usted quien es Erard?

-No.

-Ah, pues es un alemán que se dedicó a la creación de pianos. Viera, yo ni sabía, y eso que pianista y todo. Nomás los conocidos, que Yamaha y así. Y veo el año: 1826. ¡Imagínese! ¡Si el piano estuvo en esa exposición quiere decir que tiene todo eso de antiguo! Y que me pongo a investigar y veo que el piano tiene un hermano, porque es un piano vertical, y es uno de cola y busco más y doy con él. Lo tiene una señora en Estados Unidos. Y le hablo. "Oiga, verá, le hablo preguntando: ¿tiene usted un piano de cola?", "pues sí, así es", "¿y tiene una medallita adentro que dice tal, tal y tal?", "pues sí, oiga", "¿y me lo puede usted vender?", "pues sí, sí podría, pero tendría que esperarme, porque hace poco me contactó el director de la filarmónica de Nueva York para pedírmelo", "válgame, oiga, ¿y en cuánto lo tiene?", "pues el señor me lo ofertó en 40 mil dólares". Oiga nomás. Cuatrocientos mil pesos.

-Es mucho dinero.

-Y dinero que no tengo. Y me dice "¿y cómo lo sabe?" y le platico, que su piano tiene un hermano, y yo lo tengo, que lo estoy restaurando y también tiene la medalla. "Oiga, pues qué bien", "pues sí". Y nombre, pues ahí le estuve poniendo el empeño. En ese entonces trabajaba en reconocimientos y tenía el contacto de un amigo que trabajaba con metal y que le doy las patitas del piano y las partes de cobre, que me las pula, pero es mediante un método especial, que como también conocía, fui a acompañarlo y quedaron ¡uf! como de oro. Luego, pues, ya, nos venimos para acá, así que no he terminado el proyecto, pero ¿cómo ve, mi viejo piano nuevo?

¿Cómo cree, si aquí ando, escribiéndolo en mi blog?

domingo, 15 de febrero de 2015

Hablar con la gente V


-Hablé con Emerson.
Se acercó con las manos en el pecho, y una tremenda sonrisa.
-¿Qué le dijo?
-Me dice que Valeria quiere hablar conmigo -hace una pausa para contener la emoción y continúa con una voz chillona- la pone al teléfono y dice: "abuelito, ya sé leer".
Sonrío. Leer es uno de los logros mayor celebrados en mi familia.
-Y le digo "Qué bonito, mi niña, dígame ¿y qué quiere que le regale su abuelito por haber aprendido a leer?" -toma aire, soporta las lágrimas y tomándome del brazo, prosigue- Y me responde "Un libro, abuelito".
Se lleva las manos a la cara y suelta un gritito.
Ese día vi a mi padre ser más feliz que cuando le dijeron que le iban a publicar una novela.


Fue una semana después de comenzar a trabajar. No conocía a ningún niño y tenía que ponerme a arrearlos para ensayar, lo que probaba ser una tarea difícil por mi falta de autoridad y el hecho de que no tenían más de un día de saber de mi existencia.
"Reúnanse con ella. ¿Sí saben quién es?"
Casi nadie respondió, y sólo algunos atendieron la indicación de acercárseme.
Repitieron la indicación cuando una niña me mira a lo lejos, corre hacia mí y me saluda alegremente.
"¿Saben quién es?" vuelve a decir mi jefa.
La niña me mira y mientras sonríe me dice.
-Claro que sí, ¿cómo te voy a olvidar?


-Oye, tía ¿por qué Galletita siempre se va así, "aaaah", cuando me ve?
-Pues porque te tiene miedo.
Hace una pausa para reír y retoma.
-El otro día soñé que me le acercaba a Galletita y ella no se movía. Y se quedaba allí porque yo era amable con ella.
-Ay, hijo, pues con razón, ¡era un sueño!


Arte por Elk64.
Pueden encontrar su tumblr aquí, y su storenvy aquí.

domingo, 23 de marzo de 2014

Hablar con la gente IV


Buscaba en el agujero negro de mi bolsa monedas suficientes para pagar un té Arizona. Conté moneda a moneda hasta completar once pesos: le dije adiós a mi último circulito con un cinco grabado y guardé toda la morralla que quedaba.
Un chico que iba caminando a mi lado desde hacía una cuadra me detuvo al girar en una esquina.
-¡Oye! ¡Se te cayó esto! -dijo, entregándome cinco pesos.
Estaba casi segura de que en mi cartera sólo había cincuentascentavos, unpesos y dospesos, pero también reconocía haber maniobrado mucho con la bolsa.
Apelé a su buena fe y aunque tenía mis dudas tomé el dinero, miré su rostro y le sonreí.
-Gracias. -di una pequeña reverencia con la cabeza y mientras volteaba escuché que me volvía a hablar.
-¡Ah! Bueno, no quería quedarme con las ganas de preguntarte, y... ¿cuál es tu nombre?
Yo sabía que no traía cinco pesos, pero si estaba dispuesto a gastar dinero en detenerme en la calle para hablar, merecía saber mi nombre.
"Ah... Mi nombre vale cinco pesos" pensé mientras me iba.


La moda del grupo son los catorce años, variando con una chica de doce, su hermano de dieciocho y en una orilla aparte un pan duro de veintidós.
La lección hablaba sobre términos referentes a los estados civiles en francés, con datos sobre el número de personas que se casaba, divorciaba, o vivía en unión libre. En una esquina de la página estaba una caricatura de una pareja saliendo de la iglesia y niños arrojando arroz sobre la pareja y una olla sobre la cabeza de la novia, se leía a una mujer diciendo "Je leur ai dit de jeter le riz crue, pas la casserole!"
Uno de los chicos de catorce, siempre hablador, lleno de la ocurrencia propia de su pubertad, preguntó.
-Maestra ¿qué es "riz crue"?
-Oh, Santiago, eso significa "arroz crudo".
La chica de doce se exaltó.
-¿Y para qué quieren arroz crudo en una boda?
-¿Pero qué tradiciones son esas? Franceses locos -continuó Santiago.
-No es cosa de los franceses, Santiago, aquí también se hace, o bueno, se hacía, aventar arroz a la pareja saliendo de la iglesia como símbolo de prosperidad.
-¿Qué? -dijeron ambos, con expresión de no poder haber escuchado una cosa más ilógica.
Me reí.
-Oh, vamos ¿que no fuiste a una boda en los noventa?
-Pues no, considerando que nací en el '99.
Me quedé boquiabierta un momento.
Chingado, ¿qué pasó en el mundo que tú y yo estamos tan lejos en una cosa tan común?


Le contaba a Mary mis penas del dinero que se iba en fugas de agua y cuentas qué pagar. La angustia que da saber que tienes el dinero contado, que más te vale no necesitar nada después porque ese dinero se irá y habrá que esperar pacientemente hasta volver a tenerlo y no sangrar de ningún lado que necesite más.
-Hice los pagos en varias partes porque me duele muchísimo el codo pagar todo de una sola vez, al menos así me engaño dándolo en partes y no sufriendo dejando de tener dinero de repente. Ya sabes, aproximaciones sucesivas.
-Pero igual tienes que darlo todo. Por ejemplo, si vas al oxxo y pagas la luz, ahí mismo podrías poner saldo y pagar el agua, pero al no hacerlo ahora hasta pierdes tiempo, pudiendo haberlo hecho todo junto.
-Anda, sí, de hecho justo eso me pasó...
-José Luis me dice "¿y para que te aferras a ese dinero? Ese dinero ya tiene dueño, ya es de otra persona: sólo lo estás reteniendo" Y creo que tiene razón.


-Vamos a leer sobre los tipos de composiciones familiares en Francia -explicaba la maestra- y vamos a discutir las diferencias o similitudes con las de México ¿sí?
Sin mucho entusiasmo los chicos asienten y escuchan los datos de la lectura. El texto habla sobre la costumbre de que la mujer lleve el apellido de su marido en un matrimonio heterosexual.
-¿Eso también pasa en México? -pregunta la docente.
-No.
-Así es, aquí se usa el apellido de soltera más un "de" y el apellido del esposo, aunque sólo en los documentos oficiales.
Una masilla cuadrada de pan se queja.
-¿En los documentos oficiales el nombre cambia por el de casado?
-Sí, en el acta de matrimonio y de ahí en delante todo lo que quieras hacer con esa acta es "de alguien".
La cara de asco fue imborrable.
-¿Pero cuál es problema que te parece tan inconcebible?
-El sólo hecho de que en un documento oficial tu nombre tenga sentido de pertenencia a alguien.
-Ay, no, cómo lo ves así, si...
El chico ocurrente, insolente y sin argumentos más que la sola idea de llevar la contraria interrumpió.
-Pues depende de cómo lo veas.
-Pueden decir lo que quieran, pero "de" es una preposición que indica pertenencia, y eso es algo que, por mucho que intenten justificar, va a seguir siendo.
Nadie dijo nada.
La lectura continuó.
-"Una familia compuesta"-decía el escrito-"es aquella conformada por dos personas con hijos de matrimonios anteriores que deciden vivir juntando las dos familias".
El arrebatado ojiazul dejó ver sus complejos y al terminar la frase ladró:
-Eso es una tontería y obviamente no funcionaría ¿a qué clase de idiota se le ocurriría?
-No lo sé -la voz fue incisiva y delicada- Quizás, depende de cómo lo veas.

sábado, 18 de mayo de 2013

Hablar con la gente III




La verdad es que tenía curiosidad y no podía evitar la pregunta. Probablemente tenía todavía más preguntas acerca de mí, y era por esta razón que le huía a nuestro reencuentro.
-¿Qué fue lo que pasó entre tú y Ray?-dijo, algo apenado.
¿Y qué pasó? Creo que para cuando me di cuenta nos despreciábamos. O algo así.
-Nos distanciamos, o al menos eso fue al principio. Su actitud era muy pasivo agresiva, y las pocas conversaciones que teníamos resultaban en insultos hacia lo que yo pensaba o hacía. Todo era tan poco sano que ya no quería saber nada de él, pero sobre todo quería que él ya no supiera nada de mí; esto se volvió la manera en la que vivía: si de algo estaba (¿estoy?) segura era que no quería que ni él ni Neto supieran nada de mí. Nadie en esa Academia.
"Nadie en esa secta del mal" pensé.
-Desde finales del último año de secundaria las cosas ya funcionaban ¿verdad? Recuerdo que me decían que si yo no estaba ahí no se hablarían.-hizo una pausa y prosiguió- Fue por Ernesto, ¿no? Por toda la cizaña que metía.
Ese maldito. ¿Qué no tenía la gente de treinta años mejores cosas qué hacer aparte de joder a niños de trece años?
Recordaba vagamente todas esas cosas, y es que me había esforzado por esconder esas memorias.
-Creo que a estas alturas de la vida -dije, más bien pensando en voz alta- el deseo de aquella amistad tan buena, del confidente y del amigo que comparte tus risas y tus lágrimas se quedó atrás. No quiero saberme despreciada por él, y yo ciertamente no lo odio. -mi mente se llenó de recuerdos, y escudriñando entre ellos formé en palabras esa amorfa masa de ideas- Siempre quise que él fuera grande. Que se superara, que hiciera más cosas: que se librara de ese maldito patrón familiar condenado a la ignorancia y el vicio. Yo quería ayudarle en todo, y pararme orgullosa a su lado en cuanto pudiera ser autosuficiente, independiente y respetable, ser su amiga y acompañante. Ahora, aunque yo ya no esté ahí para mi estaría bien saber que está bien, que ha crecido como persona. Que es mejor.
Me miró en silencio.
Sentí que crecimos, y por primera vez, me gustó ya no ser esa niña de trece años.



  • Después de mi discurso sólo faltaba decir el punto. ¿A qué diablos venía yo?
    -Discúlpame.
    Lloró.
    Continuamos hablando mientras seguía el rastro de las lágrimas sobre el maquillaje en su cara.
    Nos reclamamos cosas ridículas y después, las dos llorando, nos soltamos a reír.
    -Bien, en realidad lo que pasó...
    La interrumpí.
    -No. Primero: cásate conmigo.
    Deslicé el anillo sobre la mesa y vi su expresión conmovida. Lanzó un gritito de felicidad, un suspiro de alivio y dijo, más para sí misma.
    -Yo sabía que este día iba a llegar. Sabía que era difícil, pero sabía que llegaría.
    Siempre he sido muy testaruda a su lado: me finjo serena y tranquila, sabiendo que me creerá, pero todo son  estupideces, que por dentro me desbordo en emociones que mi cara no consigue mostrar. Sobre todo con ella.
    -Bueno ¿es eso un sí? -dije, nerviosa.
    -Sí.
    Sonrió, estiró su mano y me dió el anillo.
    Conseguí que mi cara sonriera discretamente, y a pesar de los latidos y el bombeo de la sangre, forcé a mi cuerpo a no sonrojarse.
    A pesar de mis dudas, de pensar que sus manos estarían llenas de promesas con otras personas, me arriesgué a ser una más de aquellos que tanto a la amaban.
    Para mi sorpresa sus dedos estaban desnudos. El mío sería el único anillo allí.
    Mi mano temblaba un poco mientras colocaba el anillo.
    Esa será por siempre una de las visiones más surreales que tenga.



    Llevaba días llegando tarde, de cuatro a diez imperdonables minutos.
    En la clase de Ismael Vázquez los retardos no existían: cualquier persona que llegara después del pase de lista pasaba a tener falta, fuera la hora que fuera.
    Acostumbrados, los alumnos de su clase abucheaban vergonzosamente a toda las personas que llegaran después de la hora, y así había sido conmigo los últimos días.
    Un buen día terminé de tantear la hora para llegar a tiempo, y desde entonces mi asistencia estaba intacta.
    Llegó uno de los chicos tarde por quince minutos.
    Todos chistaron y abuchearon con fingida decepción.
    -Ahora hazles tú, Fátima, para que sepan.-me dijo Isma.
    Hasta ese momento no se me había ocurrido: de primera mano sabía yo lo desagradable que se sentía.
    -¿Qué?-respondí sorprendida- No, no... Yo soy mejor persona que eso.

lunes, 1 de abril de 2013

Hablar con la gente II


El domingo diecisiete de marzo los miembros del taller de Jazz de la Universidad fuimos citados en el Jardín del Arte para dar un concierto a las cuatro de la tarde. Como era domingo y como era puente apenas fue la mitad de las personas que integran el taller. El profesor tocó el violín para sustituir la ausencia de instrumentos melódicos, ignorando descaradamente las cualidades de la guitarra y piano para este mismo fin. Llamó a un clarinetista de otro estado (que más bien era extranjero) y una cantante e ignorando lo trabajado en las horas de clase decidió agregar y quitar piezas, así como improvisar completamente el ensamble con los momentáneamente nuevos integrantes.
El concierto dejó mucho qué desear, con una química pobre entre los miembros del grupo, una indiferente interpretación del violín y una selección deplorable de piezas que no animaban el humor de un público de tarde de domingo.
Al terminar de tocar, nadie dijo nada, como usualmente todos se ocuparon de recoger sus cosas y marcharse sin mirarse entre sí.
Bajé del escenario y caminé con mi hermana y sobrino con todas las miradas sobre mí. Al salir del jardín un hombre mayor se me acercó, y con un dejo de desdén dijo:

-¿Y "Five steps"?
-¿Perdón...?
-No tocaron "Five steps". Les faltó tocar "Five steps".
-Quizás en otro concierto, estas fueron las que tocaron esta vez.
-Deberían tenerla.
-Sí podemos tocarla, pero este no fue el concierto. Ya será la próxima vez.
-Debieron haberla tocado.

Agaché la cabeza como si me quitara el sombrero (hábito que no he podido ni tengo interés en quitar) y me excusé de la conversación.

-Mira, tú, ¡los fans! ¡La fama! -dijo mi hermana.
-Era más bien un reclamo.
-Bueno, esos también son fans.-respondió, terminando la conversación.

Pensé mucho en eso.
Si tienen expectativas de ti, si siguen tus logros, caídas y declaraciones, independientemente de si lo que los motiva es el odio, la repulsión, la admiración o atracción, supongo que sí.

Ellos también son "fans".


Tras tres y medio meses sin usar lolita, el día de mi cumpleaños decidí romper la abstinencia.
En un malentendido con mi hermana no comí nada desde el desayuno, y esperando hasta ya muy tarde, salimos a comer para luego dejar a mi sobrino corretear y jugar en la plaza.
El monumento en el que estábamos se llenó de más niños, y luego llegó el turno de mi hermana de perseguir al mocoso.
Un hombre se acercó a mí.
-¿Esos niños vienen con usted?
Con toda la intención de mandarlo a freír espárragos si quería quejarse de los criajos conmigo, respondí tajante.
-No.
-Ah... -al parecer todo su monólogo mental se vio trabado con mi negativa, así que tardó en retomar el hilo de sus pensamientos- Bueno, verá es que, yo... Bueno, usted... Es que...
La vergüenza en su cara y sus tambaleantes muletillas me hicieron sentir algo de pena y bajé un poco la guardia.
-Verá, es que yo pinto... Y... Bueno, usted... El como se ve... Con los niños... Bueno, pensé que eran... Pero...
Su voz temblaba, sus ojos brillaban al verme. Se detuvo un momento y se quitó el sombrero para luego apretarlo al pecho.
-Parece usted Blancanieves. Blancanieves y los siete enanitos...-dijo, mientras sus palabras se incorporaban a un suspiro.
Si bien la sola frase era risible, recordé la descripción de Blancanieves: "la más hermosa".
Me sentí halagada, asentí con la cabeza y le regalé una sonrisa.
-Gracias.
Había un olor distintivo en el aire, algo entre toda esa mezcolanza de aromas de plaza, de papas fritas, establecimientos de comida y desvanecidos perfumes de mujer.
El hombre se acercaba cada vez más, con una fascinación en sus ojos, esa fascinación que tenía mi nombre.
Fue suficiente para que lo reconociera. Era alcohol.
-Bueno, yo... Verá... Yo no soy de aquí... Y, pues... Yo... -se detuvo, me miró y de nuevo perdió el hilo- Es usted hermosa...
Asentí con la cabeza y di un par de pasos hacia atrás. Mi hermana ya se había detenido a mi lado, pero no escuchaba nada y no intervenía.
-Y... Pues... Yo quería... pues yo quería pedirle su número de teléfono...
Le sonreí. De alguna manera he encontrado la manera de poner barreras mediante la amabilidad. Esa fue una.
-No, no...
-Yo... Yo soy su admirador. ¡Yo soy su más grande admirador...!
-No. -Dije firme y con una enorme y condescendiente sonrisa.
-Pero... ¿Cómo la voy a volver a ver...?
-No lo harás.

Como Blancanieves.
De corazón frío como su nombre.

domingo, 3 de marzo de 2013

"No, stop, you're doing it wrong!"

Entré a la sala. Contrastaba con el resto del museo por su arte digital impreso: una serie de figuras sobre un fondo blanco y negro simulando una proyección cinematográfica difusa, al lado, una hoja con lo que parecía ser una explicación, o al menos eso pensé con lo que me dejaban ver mis pobres ojos.

Mi padre salió al poco tiempo, casi sin haber visto nada.
Pensé que sería un poco grosero hacer lo mismo, así que me detuve un poco más a verlas.

Un hombre de mediana edad se me acercó, visiblemente perturbado por el poco reparo que habíamos puesto en las obras.

-No es sólo la fotografía. -dijo- Si lees el poema cobra sentido la imagen y puedes apreciarlo mejor.

La frase era sencilla, pero podía fácilmente empatizar con esa necesidad de vomitar todas las opiniones de una mente que ha recibido mucha información.

Era casi un reclamo, su tono de voz decía "No estás haciéndolo bien."

"Personalmente soy de la opinión que, si una forma de expresión artística se ve en la necesidad de recurrir a otra para que su mensaje sea transmitido no puede ser considerado como arte independiente. Si un libro necesita de una imagen para poder comprender el resto del contenido, probablemente no merezca ser llamada literatura en primer lugar."

Volteé los ojos.

"Pero si eres el tipo de persona que se detendría a decirle a otra cómo debe de disfrutar el arte, compartir mi punto de vista sería lo mismo que hablar con la pared".

-Ah, sí, gracias. -respondí mientras fingía que mis ojos podían dejarme leer los poemas a esa distancia.


jueves, 27 de septiembre de 2012

Hablar con la gente I


-¿Te gusta el anime?
Me caga esa pregunta. Hasta preguntar dónde compraste los zapatos es un inicio de conversación más agradable.
-Si. Dije, resignada a decirle "¿Sabes? Hay más cosas en mi vida que ver anime. De hecho, no he visto anime desde hace tiempo".
-¿Vas a ir al Antares?
Peor todavía. ¿No podía preguntarme otra cosa? ¿Has leído "tal" manga? ¿Has visto "x" serie?
-No lo sé. Me habían invitado a tocar, pero no sé qué pasó con eso.
Un auto se detuvo en doble fila. El hombre que lo conducía no se veía muy agradable.
-¡Me tengo que ir!-dijo la chica, deseosa de continuar la plática- ¡Pero mañana me dices qué es lo que tocas!
Y se fue, en un carro blanco con una enorme estampa de Peña Nieto en el vidrio de atrás.


No todos los sábados de septiembre tenían un clima tan agradable, o por lo menos así lo pensé en ese momento.
Lo miraba a la cara y veía al mismo niño de trece años. ¿Estaría él mirando a la misma niña, también?
-Siempre recordaré el día de mi cumpleaños- dijo sin aviso pero sin sorpresa- que me hiciste un pastel y todos fuimos a comerlo a casa de Milton.
Asentí sonrojada y desviando la mirada.
-Eran buenos días- prosiguió- Todos juntos.
Fueron tres años de alegrías, gritos, risas y estupideces resumidos en una sonrisa y una frase.
-Sí. Eran buenos días.


-Quisiera poder hablar contigo de algo que nos emocionara y nos mantuviera en la plática durante largo tiempo. Ahora que veo algunas de tus publicaciones de repente me encuentro dándome cuenta de lo agradable que me es saber de ti.
-Wow, eso es tierno. Hace algunos años hubiera hecho así ">///>"
-¿Y ahora? ¿Qué tanto has cambiado?
-Ahora prefiero no hacer caritas comprometedoras. Son una pequeña perdición.
-¡Pero qué sensato!
-¿Verdad? Eso te lo aprendí a ti.
-¡Qué halago! Me alegra saber que algo te he dejado~
-Eso y el gusto por los waffles. A veces me acuerdo de ti y lo mucho que has cambiado. O de lo mucho que  me parece que has cambiado.
-¡A mi siguen sin gustarme los waffles! Tal vez sólo no he probado unos que sean de veras buenos... ¿Te acuerdas de mí y luego comparas mis cambios? Es un buen ejercicio, sería interesante comparar las respuestas de ambas percepciones en una misma situación.
-Uhh, eres platonista~ Sí que te gustan los waffles, pero solamente los ideales, los que viven en el Mundo de lasIdeas. Los waffles de este mundo son apenas la sombra de una sombra de esos maravillosos waffles primigenios.
-Tienes la boca llena de razón.
-Con razón a la gente no le gusta discutir conmigo. Han de creer que soy maleducado por hablar con la boca llena.
-¡Eso explica muchas cosas! A la gente no le gusta discutir con la gente que habla con la boca llena, y menos si está llena de razón.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Sobre cómo conjugar los verbos



En mi proceso de tener uno de mis cortes de cabello soñado, fui con la cuñada de mi hermana a que me cortase el cabello. De vez en cuanto resulta agradable charlar con ella, si a eso que hacemos en lo que ella habla y habla mientras yo río se le puede llamar charla, así que comenzamos con el protocolo.

Yo tenía algunas quejas sobre la actitud de mi sobrina y de mi hermana, que siempre tanto ruido me hacen, y al parecer ella también.

A sus polluelos nueve años la niña es una manipuladora, actúa como una chica rebelde y mimada de quince, y su madre sólo la atiende cuando se porta así, pero cuando brota su naturaleza de infante y de necesidad de amor y protección más que de cosas materiales, la ignora y maltrata.

-Tan lista que es mija - decía ella- Y luego se siente bien bonita y toda a la moda, así que hasta camina y mueve las caderas como si de veras.

Me acordaba de cuando era pequeña. Con su cabello cortito y diciendo montón de cosas ocurrentes y divertidas; con una personalidad marcada aún a pesar de tener sólo tres años, la recordaba llamándome "tu tía" porque creía que el "tu" era parte del nombre.

-Era tan linda. -se me escapó en el recuerdo.

-"Es" - me corrigió ella- Porque todavía sigue viva.

Sonreí.

Ah, esa vieja creencia que solía tener en primaria, aquella que decía que si te referías a alguien con un verbo en pasado, significaba que esa persona ya no estaba: había fallecido. Y es que es mucho para un niño entender que algo puede dejar de ser y todavía vivir. Alguien puede cambiar y convertirse algo diferente, despidiéndose de la cualidad que antes poseía.

Quizás también sea mucho para entender incluso para una persona adulta.

jueves, 12 de abril de 2012

Accidentes




Habían pasado algunas horas desde que nos vimos, y sólo algunos minutos desde que tomamos asiento en el café, justo en medio de la apabullada plaza comercial. Nuestro mesero olvidó varias veces que estábamos ahí, desconcertándonos sobre el destino de nuestro pedido.

La chica a mi derecha, estudiante de psicología, inició el nuevo tema de conversación.

-¡Ese sujeto nos está olvidando a propósito!

-No, bonita, es sólo que hay mucha gente y se le olvida -responde la chica a mi izquierda, estudiante de enfermería.

-¡No! ¡Mentiras! -dijo en su casual vocecilla chillona y delgada.

-Es un error bonita, un accidente. -insitió la otra.

-¡Pues mi carrera me enseña que no existen los accidentes, Fer! Es todo un deseo del subconciente. Es como el tipo que me golpeó con la pelota de tenis en el ojo; ¡en el fondo él quería hacerlo! Tendría sus razones locas, como que le recordaba a alguien o yo le había hecho algo, pero ¡lo hizo!

-En mi carrera pasan muchos accidentes -dijo la chica frente a mí, estudiante de ciencias genómicas, con su habitual voz baja y de expresión reprimida, como de quien siente y quiere decir muchas cosas pero se limita a decir apenas unas palabras- Muchos, muchos accidentes. -añadió suavemente.

Todas callamos al sólo pensamiento del tipo de accidentes que podrían haber, desde lo más simple hasta lo más horrible. Recordé un sueño que ella había tenido y me había platicado acerca de como habían creado una mutación que se esparcía por medio del aire y creaba deformaciones trágicas en la gente de acuerdo a su tipo sanguíneo.

La estudiante de psicología respingó berrinchudamente, sin tener -todavía- un argumento contra ese tipo de accidentes.

Sonreí, las miré a todas sabiendo que sólo yo me reiría de lo siguiente.

-Pues en mi carrera los accidentes son perfectamente calculados. -dije yo, estudiante de música.

jueves, 15 de marzo de 2012

De cuando tener trabajo no te da derecho de menospreciar lo que la gente hace

Enfrente, en la silla de oficina, Luis: estatura media, delgado, cara de galán, voz grave y de bajo volumen, conductor de un camión de Sabritas. Al lado, en el sillón con tres asientos, Iliana: alta, delgada, morena, bella, trabajadora en el Instituto Duranguense de Educación para Adultos (IDEA), no como maestra. Junto a ella, José Manuel: bajo, relleno, cara de niño, tez blanca y cabello claro, trabajador en un negocio propio. De mucho dinero. Entre ellos y yo, María José: estatura media-alta, blanca, delgada, de cabello y apariencia general desprolija, se dedica únicamente al estudio. A mi lado, en el sillón de dos asientos, Enrique: estatura media, delgado pero sin forma, cara algo gastada y mayor, moreno, trabaja en no sé dónde.

-Es que el trabajo. Dice Luis.

-Sí, no mames, el trabajo. Secunda José Manuel.

-Es que si está bien pesado, estudiar y trabajar. Apoya Iliana. ¿Tu no trabajas, verdad? Le dice a Mary.

-No. Contesta y ríe ella.

-¿Y tú...? -Me dice ahora a mí, sin dejarme contestar- Ah, no, tu estudias música. Dice, condescendientemente.

-Eh, oye si está cabrón eso, eh, güey. -me defiende Mary.

Todos ya están tomados. Bueno, estamos.

José Manuel asiente con mucho convencimiento, y aunque Iliana no ha cambiado de opinión, hace lo mismo, apoyada por el alcohol.

-Como sea igual es mejor que estar sentada comiendo gorditas en la oficina -continúa Mary, con todo el tono acusador que ocho cervezas le pudieron dejar.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Defendida

Era un potente sol de atardecer, ardiente. El experimento había terminado, y algunas cosas de vital importancia habían salido mal: no tardé en sentir la mirada acusante y la vocecilla fastidiosa de Isabel reprochando a todos los presentes en la clase como es que mi descuido había arrojado a la basura todos sus esfuerzos por tener una buena calificación. A escasos metros del tumulto que había creado, me sentía rabiar ("para bailar un tango se necesitan dos"), porque, si bien debí haber puesto más atención y haber corregido lo que estaba mal, los errores los había cometido ella.

Con la cara roja, los puños apretado, un sol del carajo y toda la indignación que podía tener, me apresuré a alzar la voz negando lo ocurrido y explicar mi propia versión del asunto. Pero justo cuando iba a comenzar mi perorata, sobresalió la voz de la maestra, en lo que yo pude definir como un tono de voz acusatorio, de quien ha descubierto una verdad.

-¡Pero que cosas dices, Isabel! -dijo indignada- ¡Fátima jamás podría hacer eso! ¡Ella es demasiado seria, callada y apegada a las reglas! ¡Ella es un pan y pacífica y no podría hacerle daño a alguien!

Nadie dijo palabra. Todos eran zombies sin consciencia de lo que estaba pasando, mirando vacíamente a cada persona que hablaba, sin moverse de su lugar. El sol se seguía poniendo, y ahora podía ver nuestras sombras alargarse; la mía, la de mi cuerpo estático.

Me sentía apenada. Al principio de su discurso, fue un abrazo a mi incompresión, una defensa inmensamente agradecida. Pero cuando continuó hablando... ¿Era esa la impresión que yo daba? ¿En verdad la maestra era tan ingenua como para creer que yo era una damita educada e indefensa? Pasé a sentirme culpable de mi propia maldad. Esto ya no se trataba de quien tenía la culpa en el experimento fallido. Esto era la proyección de mí misma ante otras personas.

La maestra me miraba confiada de lo que decía. De esa bondad, pacifismo y buenas maneras que estaba segura yo poseía.

Yo agachaba la cabeza, avergonzada de tener que contradecirla. De haber ganado la batalla y perdido la guerra.



Al día siguiente llegué al salón de clases, aún pensativa sobre la situación. Vi a la maestra sentada, y vacilé en decir algo, ¿qué cosa podría decirle, sin tener que explicar todo lo que soy? Pero algo me carcomía por dentro, y quedarse callada no haría nada al respecto.
Tomé aire, y, nerviosa, abrí la boca:

-Ayer soñé con usted, maestra.



¿Epílogo?

-¿Sí?- respondió, e interesada, levantó la cabeza- Seguro te estrujaba y te decía "¡estás reprobada, Fátima!" -dijo, actuando la escena y luego haciendo una de sus típicas risas tiernas y relajantes.
-Soñé que me defendía de Isabel- atiné a decir, como mi mejor resumen del sueño.
Vi dibujarse una sonrisa en su rostro y expirar un sonidito de ternura, mientras emocionada me decía: -Ahwww, ¡sí! Isabel es bastante grande, yo ayudaría a defenderte -gesticulaba unos puños de defensa mientras hablaba- "¡Isabel! ¡No seas abusona y deja en paz a Fátima!". Esbozó una adorable sonrisa, una sincera complacencia ante la idea, y, por alguna razón, la culpa desapareció.


lunes, 9 de mayo de 2011

En la ciénega

Estaba concentrada en encontrar un lugar vacío para sentarme en camión, cuando vi un asiento al lado de una chica que, claramente, no quería ceder el lugar a nadie. La expresión disgustada en su rostro me repelía sentarme, pero no fue hasta que cruzamos las miradas que la sorpresa nos invadió y de inmediato me coloqué a su lado.

Saludos cordiales, sonrisas.

-¿Qué has hecho? ¿Cómo has estado? ¿En qué escuela estás?

-Música, dije, mientras sonreí tratando de ocultar el orgullo y la satisfacción.

-¿En serio? ¿Y no se infartaron tus papás? ¿No se volvieron locos? -preguntó, ella, con su vocecita delicada y tan fresa como siempre, pero que de alguna manera nunca me molestó.

-Sehp. ¿Y tú?

-En la FECA Nomesorprendelagentefresaterminaahíohbellaamigamía Aunque yo quería entrar a diseño de modas. -Puse mi cara de "es tan tú" y su sonrisa incluída- Pero mis papás me dijeron que si estaba loca y terminé entrando aquí, por lo menos hasta que salga podré estudiar eso. Aunque... No es tan raro, "música", siempre te gustó mucho. Recuerdo que fuiste tú la que me enseñó "Martinillo", e inclusive ahora me acuerdo de cómo va, es de que si veo algún teclado los quito a todos y digo "Mira, yo me sé una canción".

Me sonrojé, le sonreí y desvié la mirada.

-¿Y tus papás cómo están?

-Bien, Mamá sigue trabajando en la primaria. Mi papá se volvió escritor -dije, titubeando todavía ante la idea de presentar a mi padre de esa manera.

-¡¿En serio?! Se le veía mucho. Bueno, a mi se me hacía, siempre se me hizo que tenía traza de escritor, por cómo hablaba. Tu también leías mucho, sabías un montón de cosas. Yo como casi no me gustaba te pedía prestados los que fueran de ángeles y cosas así, que pudiera entender, jaja.

"Qué raro. Me conoce, lo que me gusta, lo que hacía, cómo pensaba, cómo era mi entorno. Pero si han pasado ocho años de eso..." Pensé, aunque, en algún lugar de mí, me alegraba muchísimo tener a una persona que lo hiciera; que me conociera de entonces y pudiera entenderme ahora.

No supo que las sonrisas que le di me nacían desde adentro.
O quién sabe...