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jueves, 23 de enero de 2014

Entre otras cosas, vi 5 centímetros por segundo



Fuimos a buscar la cena y no hablamos en el camino. Pasamos por lugares con historias que quería contar, pero antes estaba dejar en claro mis estúpidas inseguridades primero.
Volvimos a la casa y cenamos.
-¿Qué hacemos? -pregunté. Sin hablar las posibilidades se reducían. Nuestras interacciones no eran nada sin la voluntad de convivir.
-Lo que tú quieras -respondió, sincero, con una seriedad extra para que supiera cuánto lo sentía.
-Lame botas.
-Sí.

Dividido en tres capítulos, comenzamos con la velocidad a la que tardan en caer los cerezos, cinco centímetros por segundo. Sin intención consciente al elegirla, fue fácil encontrarse identificados con ese par de amigos de la infancia constantemente separados por la distancia.
Resultaba algo incómodo intentar golpearlo con el látigo de mi desprecio cuando aquellos dos chiquillos desafiaban sus circunstancias inamovibles
para mantenerse en la vida del otro.
La narración nos muestra sus memorias desde que se conocieron, paseándose entre bromas, pláticas, fantasías, desnudar los pensamientos, las metas, la razón; las razones.



Una cita es finalmente concertada, justo antes de que la distancia sea aún mayor. El viaje es largo, el frío crece y la nieve aplasta el camino y los planes. Avería tras avería, demora tras demora, el día que podían existir en un mismo espacio físico se termina, y de la ilusión de decirse todo lo que no habían dicho tras su primer separación queda la frustración. 
Y el puto frío.

Desolado, Takaki no mantiene esperanza de ver a Akari a cuatro horas del tiempo concertado y mucho menos de volver a verla después de su siguiente mudanza, sin embargo, al llegar a la estación puede verla resguardada del frío, preocupada, incondicional.
Las emociones se desbordan, la distancia se acorta, y por un momento, entre ambos no hay ni kilómetros, ni personas ni situaciones ni culpas ni pensamientos innecesarios. Y entre sus labios tampoco.



Pero, ¿qué sigue después de la realización de que el desborde de sentimientos sinceros sucede en su último encuentro?


Esta no es una historia de amor. Ni desamor. Esta es una historia sobre una persona y su particular manera de existir, sus visiones, pensamientos, decisiones, lo que dice y no dice. Hacia dónde está mirando realmente al ver el cielo.

El último título al final del tercer capítulo fue la gota que derramó el vaso en mis ojos. No hicimos contacto mientras el filme corría, pero sentíamos el estremecimiento en la espina, las palabras frenadas al llegar a los labios, la distancia a la que pronto volveríamos.

Se arrojó sobre mí y lloramos sin vernos a la cara.

-Te quiero.

Apreté su mano y seguimos llorando. *

Trama: Buena. Chingado que cómo me gusta cuando la trama puede ser definida como "una patada en las bolas por la gran circunstancia que es la vida". No, ya, perdón, en serio. Es muy interesante ver el desarrollo de la circunstancia con personajes no predecibles, sin clichés detrás de una personalidad creada por las masas, sino alguien promedio que pudiera ser un civil de dragon ball cualquiera. Lo mismo como la situación se desarrolla sin miramientos a los personajes, atropellando todo, pasa en las películas, pasa en la vida, pasa en TNT.

Personajes: Si bien soy fanática de las historias en donde se aprecie un desarrollo de personajes, lleve el curso que lleve, esta propuesta tan real de "la vida pasa, independientemente de tu evolución o desarrollo" me gusta muchísimo. El ritmo es bueno, nada confuso o cansado; Takaki es un personaje relacionable para todo aquel que haya tenido momentos de flaqueo, o quienes posean esta cualidad en su personalidad, y bueno, yo me sentí encojonadamente identificada con la chica del segundo capítulo y sentía su dolor y su anhelo.

Dibujos / animación: 10^n / 10. Los personajes se ven muy poco especiales, pero los fondos, su animación y la interacción de los personajes con el medio son increíbles, si eres fanático de la animación te costará trabajo ver la película sin hacer hincapié en alguno de los mencionados.

Música: Pero cómo le gustan las canciones súper puñetísimas para el clímax a ese hombre, por eso ni me lo tomé en serio y eso que era una escena bien importante. Por lo demás me gusta el recurso del silencio para sentirte más empático con la situación, como la espera en el tren para llegar a visitar a Akari, te sientas a su lado a esperar que las horas pasen sólo oyendo el ruido del tren, los anuncios, las personas, su respiración, tus pensamientos.

¿La recomendaría? : Don't watch 5cm per sec. You'll get pregnant and die. Es Makoto Shinkai, y sus historias y su dirección y su equipo de animación, es decir, está buena, la recomiendo, pero, como todo lo suyo (por Dios que hasta las de los gatos son así, carajo) espera la bella y cruda realidad.

*pero como hombres, OSEA. Hombres bien hombres.

jueves, 4 de julio de 2013

I hate to abuse an old cliché, but

Te levantas. La voluntad de hacer ejercicio se reduce con tus horas de sueño, así que sólo te paseas en pijama hasta llegar a la cocina y preparar el desayuno.

Abrir el refrigerador sólo te hace pensar en todas las decisiones de tu vida que te han guiado a este punto de vacío. Anotas mentalmente las cosas más urgentes, los limones primero, obviamente.
Es desagradable no tener comida, pero más desagradable ver cómo cada vez faltan menos horas para entrar al trabajo.

Te bañas y dejas de lado toda la ropa bonita para usar una camiseta y pantalones de mezclilla que terminarán apestando carbón: no hay shampoo.
Te amarras el cabello lo mejor que puedes, y aunque no es tu costumbre, te maquillas. Terminas y enciendes la computadora, juegas, con ella y con los gatos hasta que es hora de comer.

Tocan la puerta.

Finalmente, después de casi cinco semanas de haber huído con el dinero llega a poner el portón de la casa. Bueno, a sus palabras "una parte". Piensas en como hay gente incompetente, pero que prefieres que se calle, lo ponga y te deje comer.

Llegan las cuatro y tomas aire. Al principio era difícil pensar que no ibas a llegar a la casa hasta las doce de la noche, pero ahora sabes que los animalillos te esperan en la puerta cuando llegas aún si es pasada la medianoche, y se siente bien: es una parte del día que te gusta.

Vas al trabajo en una pequeña fondita de comida poco saludable. No hay gente, casi nunca la hay, así que cuando terminas de limpiar las mesas y acomodar los ingredientes, te sientas a esperar (es en lo que consiste, la mayoría del tiempo, tu trabajo). Tu jefa llega, con esa inestable personalidad ansiosa suya a decirte que cuides el carbón. Ambas lo miran: está casi apagado. No entiendes bien qué sucede, pero ella se va sin hacerle nada. Pasa una hora y media sin hacer nada cuando llega un cliente. Tu jefa te pide los ingredientes y sigues el protocolo. Ella te acorrala en la cocina y estalla con una respiración agitada y manos temblorosas. "Te dije que me dijeras si faltaba carbón", su esposo se acerca y le pide que se calme, pero ésta sólo se rompe más "¡Ese pedido va a tardar más de una hora en hacerse!", lo único que logra hacer es alterar a su esposo y ambos lucen derrotados, con lágrimas de impotencia en los ojos, con el semblante de una persona que se queda sin opciones.

En realidad el pedido sale en quince minutos, pero pronto llega otro par de clientes.

La mujer parece que apenas sobrevive y se acerca a ti con susurros amenazadores hablándote del tomate, de la carne, de los panes, de como todo va mal. En el correteo un pedazo de tu flequillo se desata, sólo para traer más estrés a los hombros de una persona con un nivel bajísimo de tolerancia a la frustración.

Cuando finalmente termina, tu jefa parece necesitar gritar, golpear algo y echarse a llorar, y tu estás en lo más bajo de la pirámide.

Has notado que ella encuentra una satisfacción masoquista al llamar las cosas por adjetivos "sucios", quizás porque la hace sentir que tiene altos estándares de limpieza. Este hábito no tarda en hacerse notar al ponerte en la cara un recipiente con tomates aparentemente inmundos, además de decirte que no vienes a ninguna fiesta para tener esos pelos asquerosos cerca de la comida y los repugnantes trapos que usabas para limpiar las mesas.

La letanía debió durar algunos cuarenta minutos. Repitió algunos puntos, añadió otros que notó en otros días  y sumó algunos que pudieran pasar en un futuro. No te habían regañado así en meses, y nadie además de tu madre. Mientras ella habla una parte de ti quiere que todo termine de una vez; otra que debes ser un adulto y fajarte los pantalones y aguantar.

Finalizó diciéndote que a su negocio le iba mejor antes de contratarte. Piensas que te va a despedir. No te importa.

En el calor de la discusión se dirige a su hija, una chica de tu misma edad y le dice que se ponga a hacer algo, que no quiere más huevones en su casa.

Cuando terminas de hacer lo que te pide te das cuenta de que son las ocho. Temes que se terminen las cosas qué hacer además de los clientes y que vuelva a tacharte de inútil.

Tu jefa sale de la casa, sonriente, te pregunta si no hay clientes, te dice que le gusta que las cosas estén limpias, te vuelve a hablar con motes lindos y entra de nuevo a la casa.
Piensas que hay muchas maneras en las que la gente la nombraría, pero tu sólo escoges "inestable".

Un par de horas y clientes después, termina tu turno, recoges y limpias para luego ser despedida con un "adiós, muñequita".

Reflexionas mucho. Antes, cuando tenías un mal día, sólo te encerrabas en una burbuja y evitabas aquello que te causaba problemas hasta que tuvieras una solución. Eres un adulto ahora, y hay cosas que ya no puedes hacer. Al día siguiente, a la misma hora, vas a volver al trabajo, en el mismo lugar, con la misma jefa, y es algo que ni haciendo cien rabietas vas a cambiar. Actúa, aguanta los golpes y levanta la fren...

Levantas la frente y ves la media reja puesta, con un montón de escombro tirado y la caja de los fusibles abierta.

Entras a la casa y tocas el interruptor del foco. Nada. Ni luz, ni gatos.

Tu celular suena con el temible timbre que indica la batería baja.

Son las doce de la noche y la única persona que conoces en la ciudad está dormida y con todos los teléfonos apagados.

Piensas en hablarle a tus padres, pero es lo mismo.

Entras de nuevo, y finalmente los gatos bajan a ver qué sucede. Decides usar la poca batería de tu celular y le hablas a tu mejor amigo.

Bajo sus instrucciones revisas la caja de los fusibles, pero la operación es difícil con una mano y en la oscuridad.

Te tumbas en el sofá y lloras y ríes en el teléfono hasta que la batería finalmente termina.

Y te acuerdas de cierta canción.


miércoles, 21 de marzo de 2012

Sólo si tu quieres, podemos casarnos

Sólo entrar al edificio apresuré el paso. Ilyana iba detrás de mí, todavía hablando; Enrique, hasta atrás porque como buen caballero nos había dejado subir primero. Estaba hastiada.

Abrí la puerta y ocupé mi lugar.

-No quiero volver a ir a la tienda con Ilyana -dije, escéptica del comportamiento de mis dos compañeros en un corto trayecto a comprar chucherías.

La chica había entrado; se rió al escucharme y con todo lo entrometida y ruidosa que había demostrado ser en los últimos veinte minutos, soltó toda la sopa.

-¡Henry le dijo a Fátima que quería casarse con ella!

Apoyé mi cabeza en mi mano con fastidio. Así era.

Fue una conversación casual acerca de la caballerosidad de algunos hombres al momento de cubrir los gastos de las mujeres, y de cómo nos sentíamos al respecto.

-No te preocupes, yo lo pago. -y fluidamente añadió- Cuando quieras nos casamos.

"Ese tipo de comentarios es lo que hace que las diez personas en nuestro salón digan que tú y yo tenemos algo, lerdo" pensé, mientras giraba la cabeza y trataba de no darle importancia al comentario.

-¿Ya ves? -dijo nuestra compañera- Cásate con él.

-No tiene que hacerlo si no quiere -respondió, tranquilo, con comprensión, hablando más conmigo que con ella.

Extendió el dinero y pago las cosas. Sólo las mías. Compró unas galletas y me las dio. He de decir que estoy algo avergonzada de la cara de asco que puse, pero lamentablemente así salió, con un enorme signo de interrogación en el rostro y una súplica para que no lo hiciera.

Caminamos de regreso a la escuela con Ilyana insistiendo con el tema del matrimonio.

-¿Quieres que se casen? -le pregunto, ya más calmada y seria.

Yo no quería oír la respuesta, la que fuera. Que se callaran, que las clases terminaran. Quería ir a mi lugar feliz y ellos estaban tapando la entrada repartiendo volantes con ofertas de pollo asado.

-¿Cómo puedes preguntarle que si se quiere casar con alguien a quien conoce de hace tres semanas? -exclamé, ya algo exasperada.

La chica me ignoró, como ya se volvía su costumbre, y él, con su característica necesidad imperiosa de opinar sobre todo en todo momento, y manotear y hablar de su verdad como única, en espera de la rendición de la parte opuesta, intentó decir algo.

-Pero no puedes decir que eso importa en el amor, porque...

Amor. ¿Hablamos de amor ahora? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué puede pasar en la cabeza de un hombre de mediana edad para decidir algo tan importante como la persona con la que quieres pasar tu vida y lo que sientes hacia ella? ¿Es tan fácil como llenar los requisitos de lo que buscabas en alguien?

La muchacha volvió a tomar la palabra, y deteniéndonos a ambos en la entrada de la escuela, lo miró y dijo:

-¿Quieres casarte con ella?

-Claro que sí. -dijo, decidido sobre su respuesta, indeciso sobre si expresarla o no.

Su interrogadora chilló, se movió de un lado a otro e hizo un montón de ruiditos y se volteó hacia a mí.

-¿Y tú? ¿Quieres casarte con él?

-No. -dije al momento, incrédula, y con una expresión que sólo había visto en la cara de Julia en la preparatoria, como de quien habla con alguien a quien decididamente le importa un carajo.

-¡Te vas a arrepentir...! -dijo en voz alta la mujer, comenzando con sus especulaciones acerca de la oportunidad de la que me perdía, sin decirlo realmente en serio.

Cuando terminó de contarlo al salón, la broma siguió y las burlas y exageraciones fueron por parte de todos. Continuamos nuestras láminas y el barullo terminó.

Ese día, por primera vez, Enrique se fue del salón antes de tiempo.

sábado, 20 de agosto de 2011

Cerezo



Faltaban veinte minutos para las cinco, cuando decidí limpiar el piano, considerando las palabras de mi invitada "llego de cinco a seis".



Escogí uno de los productos de limpieza, en mi ignorancia sobre limpieza de pianos. Ni siquiera sabía que tipo de madera era, pero era madera al fin, según yo.



Cuando estaba en preparatoria, recuerdo que Onne-chan llegó hablando sobre su nueva computadora, Mazapán, llamada así por ser lo que estaba comiendo cuando la descubrió en su cuarto. Pensé en lo espontáneo del nombre, y en cómo yo, a pesar de imaginarme cantidad de nombres para mis posesiones, terminaba con unos ridículos, insípidos, o simplemente demasiado forzados. El único nombre que me llegó al instante fue "Eurídice", mientras oía la mítica historia, y pensé que cuando tuviera un bajo eléctrico, sería para mí como Eurídice para Orfeo. Recordando esto, después de escuchar la historia de Mazapán, consideré los nombres espontáneos para los objetos importantes.



Pasé la franela con pocas gotas del líquido de penetrante olor a cereza.



Sonreí.



Cerezo.



Volteé la mirada y vi la tela que normalmente cubría el piano y había quitado para limpiar.



Algodón azul con un estampado de cerezas azules.

martes, 5 de julio de 2011

Mujeres necias que acusáis la cobardía del hombre sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis


Desde que salimos de la exposición de pintura el estómago no paraba de dolerme.

Recién había comprado el celular, y aunque no entendía muy bien lo del registro pensé en usarlo para hacer la llamada. Las tres personas que conmigo estaban me aconsejaron llamar al día siguiente; un poco aliviada de no tener que hablar ese día continué caminando con las dos chicas, abrazando mi panza con una mano.

La noche fue terrible. El dolor se hizo tremendo y sólo podía dormir en los pequeños ratos que el cansancio ganaba una pequeña batalla que mis gemidos luego se encargaban de arreglar. Me retorcía en la cama, ahogaba mi cara en la almohada y me quejaba, hasta que dieron las cuatro de la mañana.

Suficiente. Bajé las escaleras y me paré frente a la puerta del cuarto principal, como tantas veces cuando niña.

Curiosamente la molestia estomacal ahora era leve. ¿Qué diablos?

No quería molestar a mi madre, pero tampoco confiarme de la inusual calma, así que me fui a sentar a la sala. Dieron las seis de la mañana, cuando mi padre llegó me pegó en el brazo, se sonrió y fue al baño. No me dolía tanto, pero...

"Quiero a mi mamá"

Fui y me tumbé a su lado explicándole mis dolencias. Ese día no fui al taller de Jazz y no pude levantarme de la cama sino hasta las 2 de la tarde.

Sintiéndome menos mal, pero lejos de sentirme "bien", tendí la cama donde pasé mi mala noche, y me puse los lentes mientras decidía qué disco colocar en el aparato reproductor de música. Eran las 3:50 p.m.

Mi primer opción fue colocar "Can't take my eyes off you" de Muse, para empanarme. Pero luego, el miedo. Quizás sería mejor "Tragedies" de Sasaji Masanori. O a lo mejor debería de hacer la cochina llamada.

"Mala idea" pensé en cuanto comencé a sentir las náuseas en mi estómago. No sólo era el dolor sino los malditos nervios...

Me senté y observé su número en mi celular. El primer número. Hasta me da vergüenza verlo, casi como si estuviera ahí a propósito. Mi pulso se aceleraba.

Llama. Llama. Llama.

Será un casual "¿Fulanito? Hola, ¿qué tal? Es zutanita. Hey, llamaba para ver si tienes tiempo libre esta semana para salir conmigo". Así. Simple.

...Mejor lo digo primero en voz alta. Repetí. Se oyó tan ridículo en mi voz.

Bueno, no importa cuánto lo ensaye la que cuenta es la que le diga, a fin de cuentas. Aplasté el botón para llamar.

"Fulanito. Rechazada..."

Ok, Movistar, no me ayudas en nada.

"Acceso denegado".

Tomé el teléfono de la casa y marqué 12 números. Faltaba uno.

"¿Vale la pena?" me interrumpí "¿De verdad me gusta lo suficiente? ¿Es de verdad necesario que pase por esto? Ha pasado tanto tiempo, no he avanzado casi nada y estoy tan cansada... Estoy exahusta de esperar, de querer, de callar de no recibir nada a cambio, de no pedir nada. Quiero dejarlo por la paz."

Seis. Tecleé el último número, antes de dejarme entrar en más cabilaciones, y lograr deprimirme en vez de dejar de estar empanada. Esperé varios tonos. Contestaron de manera un poco hostil.

"Chingado, si de por sí tengo voz bien nena para hablar a un teléfono desconocido, así ni cómo quieran que lo arregle".

Titubeé. Mi voz comenzó a temblar. Se hacía cada vez más agudita y ñoña...

"A-h... ¿Fulanito.......?" A ver ¿dónde quedó la condenada determinación de ayer? Se fue con el té de la mañana, seguro...

"S-soy Zutanita" Su reacción, carajo su reacción. Preferiría estar lavando el baño de una cárcel que hablando conmigo. Termina esto rápido; termina, ¡termina!

"Hey, ehm-- esto... eh-- (toma aire, mujer) llamaba para ver si (¡quita en este momento esta voz de retrasada social y habla con decencia!) ¿tienes tiempo libre esta semana para salir conmigo?"

"Anda..." Dijo él. Y comenzó a explicar como no tenía tiempo, y estaba ocupada, y no eres tú ni soy yo es mi trabajo, y pues ya otra vez será, ni modo. No recuerdo qué más dijo, un cuarto de mí pensaba en lo idiota que me sentía, otro cuarto en lo mucho que extrañaba su voz...

Colgamos. Me tumbé en la cama. Fue mi primera vez haciendo el rol "masculino". Invitar a salir. Pedir el teléfono. Esperar. Hacer la llamada. No fue tan fácil llegar hasta aquí. Ahora sigue la parte de "lidiar con el rechazo". Hombres... No los vuelvo a juzgar así como si nada: la tienen difícil.

Y abracé mi estómago mientras sonaba "Still loving you".
¿Serían las mariposas o el dolor...?

miércoles, 8 de junio de 2011

La última en saberlo

"Recibí un mensaje de César, avisándome de su retraso, así que tomé esos quince minutos para continuar. Al llegar al salón, me encontré una figura masculina en el piano que utilizamos los alumnos. Suelo jugar mucho frente a las personas cuando lo veo pasar; suspiro y hago ademanes de quinceañera enamorada. Por supuesto, finjo que me gusta, porque es sano para mí pensar que hay alguien que me pueda llamar la atención aunque sea sólo por su cabello. Secretamente pienso en que sería algo bueno que de hecho tuviera un sentimiento por Dios mío, por quién sea... él. Lo miré desde afuera, un poco temerosa de que alguien me cachara observándolo, tratando de escucharlo tocar. Entré al salón, dejé mis cosas y me dispuse a escucharlo, un poco sorprendida de que no dejara de tocar, considerando lo nervioso que es. Paró y me sonrió. -Te estaba esperando.
Debo admitir que la línea me pareció irreal después de toda mi cadena de pensamientos.
-César me dijo que no tienes llave, y que me quedara aquí hasta que llegaras. Pero, como ya llegaste, ya me voy."

Eso fue en octubre del 2010.
Después de eso pasaron los meses; más suspiros de quinceañeras, más risas, más sarcasmos, más burlas "Pfff... cómo si tuviera la capacidad de que me gustara alguien", más miradas en los pasillos (carajo, le vi crecer el cabello... Dx).
Luego fueron los saludos y la emoción de escucharlo.

...

No.

La verdad es que recuerdo muy bien el momento: estar sentada en la orilla de una fila del auditorio, viendo el movimiento de su cabello cayendo sobre sus hombros; sus nervios, su espalda, su sonido, su lenguaje corporal.
Recuerdo haberlo escuchado tocar atentamente, mientras ladeaba mi cabeza y la apoyaba sobre mi mano; haber bloqueado mis sentidos hasta suturarme de su toque, perder la noción del tiempo, encerrada en una burbuja que se rompió en cuanto sonaron los aplausos.

Luego, la negación.
Irracional. Era el adjetivo para lo que acababa de sentir. No tenía razón de ser, tener esa clase de emociones por una persona con la que apenas había hablado. Luego sí, siguieron las risas, las burlas, los suspiros que ya no sabía si eran broma.

Hubieron más momentos como aquel del curso de piano, pero eran míos, eran emociones "fugaces" que tenía cuando, a solas, podía verlo, hablarle, mirarlo, interactuar; ratos en los que, al dar la vuelta tras haber hablado, sonreía tímidamente y ocultaba mi alegría tras una cortina de cabello.

Cada vez pensaba más en él. Qué cosas le gustarían, cómo se comportaría en tal o cual situación, quiénes serían sus amigos, cuál era su historia, cómo sería si pasáramos más tiempo juntos.

Creo que esto ya no es normal...

En enero lo admití.
Esas cosquillas extrañas que recorrían mi estómago cuando lo veía ahora tenían nombre.

Tomé aire y reuní a mi gente de confianza para informar la noticia de que algo vivo me había logrado mover el tapete.

-¡Hasta que te enteraste!

Creí que era más lista que eso...

lunes, 28 de marzo de 2011

Ara-pon

A lo largo de mi vida he llegado a desear muchas personas que no he podido obtener (o me he arrepentido de ello, pero eso es otra cosa), pero, de ahí a querer personas que no me han podido querer a mí, los números se reducen.

Quizás mi primer amor platónico haya sido Araceli.

Para mis infantiles siete años, y por razones que hasta el momento no descubro, en el momento en que me di cuenta del cariño y anhelo que le tenía a mi compañera de juegos, no significó shock alguno. Ella era linda, seria, con una sonrisa discreta y una actitud serena, pocas veces alocada, sabía por qué sendero ir y con qué precauciones. Por lo bajo, día tras día deseaba que en algún momento me dedicara algún gesto, verla reír hacia conmigo. Varias veces veía hacia mis manos, o a la nada fina línea de mi rostro, -costumbre que aún poseo-, y me deprimía pensar que no era merecedora de una chica tan elegante y delicada, que con esas manos mías tan torpes, y esos movimientos tan poco gráciles, jamás podría abrazarla como debía.

Tan fácil como fue admitir mis sentimientos por ella, fue el decidir decírselos.

-¿Podemos hablar? -dije, como si nada.

No me puse nerviosa; estaba decidida a decirle tranquilamente lo que sentía, y si algo tenía, era impaciencia, de abrirme a mis días de felicidad a su lado, la aceptación, su venida hacia mí. No quería estar sola conmigo, y un poco incómoda llamó a Verónica, su mejor amiga, la líder, la que nos llevaba a todos lados, con la que prefería estar a cada momento: la que me la arrebataba. Ambas se acercaron a mí y me preguntaron qué sucedía, y fue entonces que lo pensé: "¿Y si me rechaza? ¿Y si le gusta ella o alguien más? ¿Y si le disgusta? ¿Van a pasar los próximos tres años en burlas?".

Puse una cara de disgusto y dolor, usé un tono de voz agresivo y no la miré ni una vez a los ojos mientras le decía:

-No, nada, sólo quería saber si ustedes eran algo, porque siempre están juntas y eso.

Sintiendo la agresión, Verónica contestó:

-No, pero mira qué curioso, porque nosotras pensábamos lo mismo de ti. Que te gustaba Araceli.

Sí.
Pero ya qué.

Pensé.

viernes, 3 de abril de 2009

La rápida y útil tecnología.

Y que llegamos a la casa de Leo.

A jugar se ha dicho... O por lo menos hasta que se cargue el remoto del Wii. ¿Ven por qué no me gustan esas tiznaderas? Por eso y más razones...

Decidimos pasar los canales de la televisión mientras esperábamos que el foquito cambiara de rojo a azul, tardase lo que tardase, se abriría nuestra sesión de Brawl...

El ambiente estaba tenso. El dueño de la casa ocultaba su cara en el gorro con una mirada triste y una mandíbula apretada; no se podía adivinar si era tristeza, impotencia, enojo... O indigestión. Lo que fuera, la chica a su lado, respondiendo al título de su novia, no estaba mejor.

Que honestamente se apagaron los ánimos hasta que escogimos ver una película que a la novia parecía gustarle. Sabrá Dios en qué momento el novio se alejó.

Y comenzamos a verlo. Y terminé yendo con el novio, a escuchar penas.

Regresamos.

Pero ahora la novia me solicitaba ahí.

Sopas...

Pues que vamos a la tienda. Pues que órale. Pues que vamos. Pues que me cuentes qué pasó.

Y hablamos. Nos arranamos en una esquina, y ahora era el turno de la novia desahogarse. Madres... ¿Pues qué está pasando? Díjeme a mí misma.

Y nos dijimos a ambas, en cuánto un señor caminaba tambaleándose para dar la vuelta en una esquina. ¡Y madres! ¡Suelo! Cabrón, se vio bien ojete... ¿Estará borracho? Bueno, entonces, me decías... Ah, sí...

Y el hombre ahí estaba, tirado, con un madrazote en la mera choya, y nosotras viendo de lejos, pensando en lo prudente de ir, en caso de que hubiera ingerido un loquesea, ya ven que ni es común en estos días...

Pero empezó a convulsionarse. ¿Pues de cuántas se habría hechado...?

Y que llega un carro... "Ah, chavas...", "¿Eh?", "Ahí pueden llamar a la cruz roja que vengan por él, es que no tengo celular.", "Ah, bueno, pues sí, ahí hablamos..."

Nos acercamos al sujeto, y la novia me dio el celular ya marcando a la so bendita Cruz Roja. Oiga, estamos en tal lugar, y, pues... que tenemos aquí un señor que se cayó y se pegó en la cabeza y está muy mal, los de un carro nos dijeron que llamáramos. ¿De un carro? ¿Está inerte? ¿Cómo era el carro? (No debería de venir por el 'ñor primero?) Ah, no, no está muerto. Ah... (Sí, cabrón, hágase el que le vale madre, que al cabo nosotras lo levantamos y lo llevamos a su casa, pendejete...) ¿Entonces puede venir una ambulancia? Ah, sí ahí la mandamos.

Pero no falta la metichez de las señoras que toda su vida han soñado con que algo así les pase para utilizar todos los conocimientos que Doña Televisa y las novelas les han dejado. Y llegaron, poco a poco, en las cuatro esquinas la gente se aglomeraba, expectante, pero nadie se acercaba.

Obviamente una señora no podía pasar sin hacerse la heroína, y empezar a moverse. Alguien háblele a una ambulancia, y mueve al señor y le pregunta cosas...

Todo el mundo empieza a sacar celulares, con una cara de "Ya chingué, ya tengo que contar 'pá mañana". Pues ¿Adivinen qué, zoquetes? Ya hablamos. Pues que hablen otra vez. (Ay, señora...). Hablamos. Dijeron lo mismo.

Se irán a tardar mucho? Qué pasó? Yo creo que se cayó. Se cayó? A lo mejor y tiene epilepsia. Bla. Bla. Bla.

La novia fue por el novio y se pusieron a hablar afuera. Mientras su servidora se encargaba de mirar nefastamente a la gente con un "No sabe no pregunte, no afirme ni asuma".

Tras media hora de LO MISMO. La ambulancia llegó. Por supuesto, la exasperante mujer decía que ya se las sabía de todas a todas. Ella lo había visto... O bueno, tal vez no todo... O bueno, tal vez nada... O bueno, tal vez suponía.

Lo contamos. Y la señora, por supuesto, repitió lo que dijimos diciéndolo como si ella lo hubiera vivido en carne propia. Nos fuimos a la casa, que cuando nos dimos cuenta hasta de noche era. No sin antes que se me salieran algunas verdades sobre los chismosos que llegaban. Puaj. Llegamos. La película se estaba acabando.

Y el control todavía no se cargaba.


...